Zum… Zum… ¡Culombio, culombio!

Al final, nos jodieron a los de la Bola de Cristal. La generación perdida del “todo está en los libros” o el “haz deporte, no eches tripa, juega limpio, participa”, es decir, nosotros, los nacidos en los años setenta. Otro cantar hubiera sido, de criarnos con los Teletubbies o con Pokemon. Ésos sí que están adaptados al sistema que nos toca vivir; y no nosotros, generación de perdedores, ilusos creyentes del pensamiento individual que ahora vemos nuestras esperanzas rotas.

Pero así es cómo ha sido la historia y así fue como nos la contaron. Ahora no somos capaces de digievolucionar  a miembros de la nueva comunidad de hormigas en la que nos hemos convertido sin sufrir con ello profundas fracturas internas, sin que nos invada una crispada agitación neurótica. O bien es sólo que nos toca, por imperativo biológico, darnos cuenta que nuestros setenteros padres estaban igual de acojonados que nosotros hoy, y se fracturaban y agitaban mientras sonreían y nos decían que no nos preocupásemos, que si estudiábamos y hacíamos las cosas como nos decían todo iría bien.

Temo que, pese a la traición del espejo –producto del archivo “.jpeg” que envejece en mi lugar; es una larga historia- me estoy haciendo mayor. Acabo de ver en Facebook unas fotos de la reunión de ex alumnos del King’s College, de 2010, y estoy tremendamente preocupado. Les encuentro muy desmejorados a todos. Lo cual quiere decir, sin duda, que soy tan mayor como ellos. De hecho, del orden de seis meses mayor, si no recuerdo mal. Así se explicaría que tenga pensamientos existenciales de madurez. Pesimistas, claro; como le es propio a tales pensamientos, en los cuales uno se descubre sonriendo a los nuevos niños y diciéndoles que, si estudian y hacen las cosas como les decimos, todo irá bien.

Quizás del mismo modo que, allá por los años 50 del pasado siglo XX, nuestros abuelos y el mundo en que vivieron lo dijeron, con ojos pesimistas y paternal sonrisa, a nuestros padres.


Sexo en Madrid

Dedicado a Carlos.

 

 

En los inviernos siempre regresamos a casa, como la letra de aquella melodía publicitaria de turrón. Y cada vez que regresamos, especialmente a medida que se acumulan los años fuera, nos encontramos con esta misma sensación de ahora, de reconocimiento y añoranza, al tiempo que desapego y perspectiva.

Madrid, mi Madrid, está cada día más lejos, cada vez más ajeno. Los cinco o seis días en los que, como cada año por estas fechas, acostumbro a recorrer el camino que forman las almas que allá quedaron, se convierten, cada año más, en una especie de ascensión mística por el espíritu de lo que fuimos, lo que somos y, tal vez, lo que llegaremos a ser.

XX estaba apesadumbrada. Aquel mismo día había roto su relación con XY. Decía que ella era, para él, como un telepizza o un chino; un plato ocasional y a mano. Que él no la veía como a la madre de sus hijos.

- Pero XX, ¿tú quieres ser la madre de sus hijos? ¡Si lleváis seis meses juntos!

- No… pero quiero que él me vea así.

Dipsomanía, es la palabra de moda. Como antes lo fue TOC o bipolar. R., amigo de XX, no puede beber. Se le calienta la boca y no puede parar de hacerlo, así que lo evita de día, por lo que desde su expreso envidia mi irlandés. Tiene treinta y dos años. Durante la adolescencia, comentamos, la personalidad se abre paso como puede, hasta que a lo largo de la veintena nos independizamos y nos convertimos en víctimas irremediables de nosotros mismos. La treintena es el periodo del que disponemos para equilibrar todo aquel desaguisado y con el resultado obtenido encaminarnos, al fin, a la difícil tarea de ser hombres.

- Lo malo es que a partir de ahora no tendré buen sexo –prosigue XX, amohinando el rostro.

Se ve que XY tiene veintiséis años, cuatro menos que ella, y se ha visto de pronto envuelta en la situación, imposible hace pocos años, de representarse ser la treintañera experta que instruye en placeres carnales al joven semental. Ese mismo que no la ve como madre de sus hijos. Razón inequívoca para XX de que la relación debe terminar, antes de encariñarse con el efebo al que, si bien ella tampoco ve como padre de sus hijos, tiene este inconveniente nefasto de no plantearse formar familia a los seis meses de conocerla.

Sexo en Nueva York. Digo en Madrid.


Diálogos políticos: ¡Viva España!

- ¡¿Cómo?! ¡Pero no puede ser! ¡Es imposible!

- Eso mismo pensé yo, pero…

Un  estremecedor silencio ocupó brevemente ambos auriculares.

- Ponme con Mariano.

Esperó que cesara el berrinche y las palabras fueran inteligibles.

- ¡¿Cómo dices?! ¡Pero eso no es posible! ¿Ninguno?

- Hombre, ninguno, ninguno, no. Yo me he votado, e imagino que tú a ti también. Y a los candidatos, sus madres, algún cuñado y tal, podemos contarlos. Por lo demás, ninguno.

- ¿Cero patatero?

- Eso es.

- ¡Porras, porras, porras! –se escucharon bufidos y algún gemido inidentificable, algo parecido, quizás, a un sollozo- ¿Es que no va a haber manera de que lo consiga? –pareció decir entrecortadamente. Cuando recuperó la compostura continuó -¿Y qué hago, digo, hacemos?

- Lo primero son los escrutinios. Como sabrás, llevamos media hora de ventaja sobre los resultados que emitimos a la prensa. Lo que hagamos, debemos decidirlo ya.

- ¿Decidir? –el verbo parecía desconcertar al candidato, que permaneció en dubitativo silencio durante algunos segundos.

- Decidir si falseamos los resultados y salvamos así al país, o los respetamos y lo abandonamos a los pies de los mercados.

- ¿Qué pasaría si…?

El candidato contrario suspiró.

- ¿Si no obtenemos ningún escaño? IU sería el partido más votado, y CiU y PNV, con Esquerra y los de Rosa, formarían la oposición. Nosotros tal vez podamos formar el Grupo Mixto.

- ¿Y…?

- ¡Los mercados! ¡Piensa en los mercados! ¿Tú qué crees que pensarán los inversores si gobierna IU?

- ¡Cielos, los comunistas!

- ¡Exacto, lo has clavao!

- ¿Sí?

Otro suspiro.

- Mira, Mariano. España nos necesita. A ti y a mí. Es el momento de las grandes decisiones, las que cambian la Historia… (Decisión, decisión… El caso es que la palabra le sonaba, sí, pero… ¿de qué?)… Tenemos que falsear los resultados electorales, Mariano. Por España.

- ¡Viva España! –exclamó vivamente.

- Eso es, eso es. Contrataremos a Urdaci para que abra el telediario de mañana. Tú llamarás a Pedro J. y yo a Cebrián para que actúen como si todo estuviera en orden. ¡Ah, y no te preocupes por el Rey! Llamaré a Felipe para que se lo explique; aún me debe una.

- ¿Y quién diremos que ha ganado?

- Es el momento de pensar en el país, no dejemos pasar la oportunidad. Diremos que hemos empatado en escaños, el 40% cada uno, y formaremos un gobierno de unidad nacional. Sólido, estable y resistente, como demandan los mercados. Un gobierno que afronte las reformas con las que encarar este nuevo siglo, y reúna la mayoría suficiente para cambiar leyes y constituciones.

Silencio expectante.

- Tú gobernaras los dos últimos años y yo los dos primeros. Estamos juntos en esto, Mariano, ¡juntos por España!

- ¡Viva España!


Música en el móvil

¡Ay, si Augusto Comte levantara la cabeza! ¿Qué diría el filósofo defensor de lo útil y lo lógicamente ordenado frente a lo inútil y caótico, en los tiempos que nuestro siglo alumbra? Hoy en día, el insigne pensador contemporáneo utilizaría un coche –suponemos que de gama alta, como correspondería al secretario de alguien similar al conde de Saint-Simon- cuyo velocímetro puede marcar hasta 220 kms/h, en carreteras sujetas a una restricción de velocidad de cien kilómetros menos. Podría sentirse ciudadano de pleno derecho porque, cada cuatro años, le dejan escoger entre las dos familias que monopolizan el gobierno. Se encontraría decenas de tiendas en su ciudad, sólidamente establecidas, dedicadas al cultivo de cáñamo, donde podría adquirir libros, abonos y semillas de múltiples variedades que curiosamente, después, serían ilegales de cultivar. Y lo de los móviles. Sí, lo de los malditos móviles. Tiempo de sobra tendría nuestro Augusto pensador de meditar en las noches insomnes, desasosegadas, temerosas de un nuevo sobresalto de bachata, hip hop o reggaetón, un berrido nocturno de afirmación racial de Camela, o el lamento nostálgico de amores perdidos de Malú. O simplemente el chun chun chun chun chun chun chun chun monorrítmico y cansino, resonando en un altavoz pequeñito y desbordado que llora chirridos quejumbrosos de lata vieja.

¿Para qué tiene altavoz externo un teléfono móvil?

“¡Vamos a montar un fiestote en casa del Frank, tios! Vamos a pinchar toda la noche en el nuevo Nokia del Rai, rollo discotrashunderground indie, troncos, va a ser la hostia…”

No, espera. Esto no puede ser. A ver, otra cosa.

“¿Altavoces de serie en el choche? ¿Y yo pa’ qué coño quiero altavoces de serie en el coche, tron? ¡Si yo tengo mi IPhone 2784 serie C que suena de puta madre y hasta bate palmas con Los Chunguitos!”

Uhm. Tampoco. ¡Espera, ahora sí, seguro!

“¡Papá, Papá! Ya no hace falta que me regales la cadena hi-fi Bose para mi cuarto. A partir de ahora, utilizaré siempre el móvil. Menos cuando tenga que hablar, que utilizaré el tuyo.”

Bueno. Pudiera ser, pero no lo acabo de ver claro. ¿Qué necesidad hay de que los móviles emitan música (¿?) al exterior? La calidad de sonido disminuye respecto a los auriculares. ¿Es por compartir? Existen enchufes múltiples para auriculares. ¿No tienen auriculares? ¡Pero si vienen con cada móvil! Es, además, uno de esos derroches cotidianos y estúpidos de energía que, si no nos los señalan con el dedo, somos incapaces de ver. Luego todos ecologistas y superchachis medioambientales, pero entretanto venga a quemar vatios, oídos y sensibilidades que son, también, medioambiente.

Expuesta la absoluta falta de necesidad de que un teléfono móvil disponga de altavoces externos, y asumida la imposibilidad de marcar unas pautas éticas o aun lógicas a los “mercados” tecnológicos, propongo desde aquí la creación de una sanción restrictiva: sanción administrativa municipal (multa) de 30 €. Si el pago no es inmediato, requerimiento del teléfono móvil, previa extracción de la tarjeta SIM, que es privada y posiblemente necesaria para el ciudadano; además, la SIM sola no permite continuar con la infracción. El teléfono podría recogerse en la comisaría del distrito, previo pago de la multa. Como requisito probatorio (prueba) puede exigirse la grabación con móvil de la infracción: lamentablemente el problema estriba justo en que se escucha, no con claridad pero sí con fuerza.

Es muy importante tener en cuenta que esta propuesta debería practicarse en los términos expuestos, a saber: una multa de cuantía molesta, pero de pago factible; un decomiso proporcional al pago debido, y una fácil devolución una vez satisfecho que estimule el abono de la deuda. Es muy importante mantener ese equilibrio porque toda medida destinada a compensar el incivismo ciudadano es susceptible de fomentar un incivismo opuesto, o el abuso policial.

Comte, estoy convencido de ello, estimaría que es una medida positiva, como contrapunto a lo quimérico. También es cierto que Comte, joven decimonónico, pensaba, como otros, que vivía cerca del fin de la Historia, es decir, el culmen de la evolución humana. Y no sé yo cómo encajaría este optimista confiador del progreso un viaje en el tren de Cercanías de cualquier gran ciudad una mañana laborable cualquiera del siglo XXI. Claro que, si en el XX no le dio un tabardillo ya…


Bienvenidos a la mercadocracia

Ha llegado la mercadocracia. La soberanía popular, o nacional, si se prefiere el término, ha dado paso a la soberanía de los mercados. Los dos partidos políticos principales decretan el cambio de la Carta Magna sin convocar referéndum porque esta reforma no exige consultar a la ciudadanía. Tampoco, y no se cansan por ello de repetirlo sin sonrojo, la consulta a los “mercados” era necesaria.

En un mundo en que el demos es demócrata no practicante –como los católicos no practicantes, ¿se puede ser oftalmólogo no practicante? ¿Tal vez taxista? ¿O sería quizás un “sí mira, es que soy cantante, pero no canto; es porque no practico, ¿sabes?”- no puede transcurrir demasiado tiempo sin que venga alguien y ocupe el espacio de gobierno, eso a lo que se llama el poder. Deja de ser, pues, una democracia, para convertirse en algo distinto.

En la democracia, es fundamental escuchar al pueblo, porque éste no es uno, sino varios, muchos, y todos ellos parecidos y sin embargo distintos. De ahí que sea necesario poner atención en escuchar las voces, las demandas, las carencias, a fin, entre otros muchos, de explicar mejor la solitaria labor de los líderes, sin duda no exenta en muchas de las ocasiones de la buena voluntad que les sería moralmente exigible. No hay nada como la educación elemental –saber hablar, contar y conocer la física básica, algo de lógica, algo de humanística- para dotar a este pueblo, a estos pueblos, de las herramientas necesarias para comprender y alabar las decisiones de los lúcidos gobernantes demócratas.

En la mercadocracia, sin embargo, son los “mercados” los que tienen voz. No son personas, ni nadie se atreve a identificarlos. Aún nadie se ha presentado diciendo “hola, soy un mercado. Relájese y escuche mis exigencias”. Y aún sin saber quién habla, desde dónde exige, hemos de ceder a sus presiones. Y escucharlos, que no es algo para lo que haya, aún, obligatoriedad exigible, pero el mensaje es claro: nos conviene. ¿Y qué dicen los mercados? De momento, hay que jubilarse más tarde. Renunciar a derechos laborales, también. Y gastar menos en ayudas sociales. Menos profesores, menos médicos. Sobre todo, hay que olvidarse ya de esa ridícula pretensión de gravar especialmente las rentas espectacularmente altas, y esa simplista y pretendida relación entre la existencia de capitales desorbitados –en estos tiempos de carestía generalizada- y la identidad personal, porosa, tangible y sanguínea, de quienes dejan que les denominen  “los mercados”. ¡Oh, cielos! ¿Cómo puede pensarse que los “mercados” sean don Fulanito Pérez o Mr. Menganitt Smith? ¿Sólo porque cuando todo va hacia abajo sus fortunas crecen? ¡La idea estremece! ¿Acaso un honrado millonario no puede gestionar bien su capital sin incurrir en culpa alguna? ¿Tan extraño es?

No es extraño, no; es simplemente sorprendente. Y el caso es que nos sigue faltando alguien, los “mercados”, que siguen sin pies ni cabeza ni –por supuesto- corazón. Pero sabemos, eso sí, que allí donde quiera que se encuentren, les reconoceremos por la grandeza creciente de sus fortunas.

No es, en cualquier caso, una información relevante, la identidad individual de los “mercados”. La mercadocracia comparte con otros regímenes antiguos, previos a la democracia liberal, un cierto oscurantismo místico acerca de las cualidades de las fuentes de la soberanía. Son estas fuentes de naturaleza etérea, como aquel dios por cuya gracia eran reyes los absolutistas del XVIII y XIX, y algún que otro caudillo del XX. Sienten, asimismo, un desaforado fervor por algunos valores subjetivos, como el patriotismo apasionado, que mezclan con valores objetivos, tales como el beneficio de la comunidad, que puede traducirse en la disciplina recomendada a los ciudadanos otrora soberanos. Por terminar este reducidísimo resumen, cabe señalar el apasionamiento  que sienten los “mercados” por el deporte de estadio. Inconcebiblemente, entre la ausencia de fondos destinados a créditos de desarrollo empresarial, resulta que 50 kilos por aquí, otros 40 por allá, 50 más por aquel otro, para eso sí que hay.

¿Y por qué para eso sí hay? Porque los “mercados” son soberanos, y a ti, pueblo, te encontré en la calle.


“Hello, I’m George and I’ve got 11 years old.”

Así hablaba un jovenzuelo de once años –cabe pensar- en el telediario de hoy, para ilustrar con sus palabras el comentario previo de la periodista: “El resultado, podemos verlo a continuación”. Como ya podemos imaginarnos, la “noticia” era que los padres españoles buscan, con cada vez más frecuencia, actividades de verano como las colonias de toda la vida, pero en inglés.

La gracia, el choteo, la mofa y la befa son, sin embargo, más noticiables aún. Pobre crío. Ahora y para todo el verano, sus amiguitos de campamento, le preguntarán: “And where did you get those eleven years, panoli?

El verbo inglés to get significa, efectivamente, tener; en el sentido de propiedad, de obtención que se posee. Así, el pequeño George, Jorgito, lo que nos ha dicho es que tiene once años, en el cajón, en el cuarto, en la despensa, o vaya usted a saber dónde. Lo que nos quedamos sin saber es su edad, a la que debió aludir con el verbo to be. Y a cambio sabemos, eso sí, que ni Jorgito ni la periodista tienen un desmedido conocimiento de la lengua anglosajona, que digamos. O bien que ésta, la periodista, es de perra natura, ilustrando la noticia así, con sorna, aprovechando el error del menor; aunque nuestra ética –impecable, por supuesto- nos impide dar esta última interpretación, y nos conduce a criticar la necedad de quien, desconociendo el idioma de la noticia, arriesga en las carnes de Jorgito sin el menor sonrojo o comprobación.

No es, por supuesto, que desde estas páginas nos sorprenda que, dentro del nivel medio del periodismo nacional, los becarios y suplentes de verano no tengan –haven’t got- un nivel elemental de inglés. Simplemente pensamos que Jorgito merece que alguien rompa una lanza por él, que al fin y al cabo no es más que un alumno en aprendizaje: Jorgito, no desesperes, algún día podrás llegar a periodista.


Resolución 1973

“Menuda mierda de resolución. Tarde, mal e inoperante; ya me extrañaba a mí que China y Rusia hubieran dado el visto bueno.”

Es lo primero que he pensado, lo admito, al escuchar esta mañana la noticia: la ONU acuerda establecer una zona de exclusión aérea sobre Libia. Pero después me he parado a analizarlo -tema preocupante, porque significa que me hago mayor y reflexivo; aunque eso es otro asunto, que no trataremos hoy- y he recordado que los titulares y breves explicaciones que nos llegan, jamás reflejan horas y horas de conversaciones al más alto nivel.

Veamos el escenario:

- La UE. Dos siglas que no representan nada, deberíamos retomar las viejas siglas de CEE, por coherencia. El payaso, perdón, Sarkozy, que dice que por él atacan en media hora, mientras la Merkel insiste que con ella no cuenten. Claro, que el petróleo libio que consume Alemania es notablemente inferior al que consumen Francia, España, Italia y Portugal, y hay elecciones a la vuelta de la esquina. No es plan de tratar de explicarles a los alemanes que el valor del euro lo construyen las economías de todos, no lo van a pillar.

- El Reino Unido, que no es exactamente la UE, también se apunta al bombardeo. Si éstos se apuntan, EE.UU. irá detrás, es como la ley de vasos comunicantes.

- Gadafi. Este tío es un crack. No hablo de su calidad humana, que no le conozco, ni de su cualidad ética, de cuya existencia dudo. Hablo de su virtud estratégica. Cómo nos conoce, a Occidente, el muy cabrón. Cómo abunda en nuestras diferencias, nos fragmenta y se sale con la suya. Ojo con Gadafi, que aún puede guardarse ases en la manga.

- Los rebeldes. Vamos a generalizar con ese nombre. Con Bengasi a punto de caer, saltan de alegría con la promesa de la zona de exclusión; yo creo que más ante la perspectiva de evitar la aniquilación inmediata, que por esperanza de lograr sus objetivos. Estratégicamente estan muy jodidos, todo apunta a que

(-) el plan es fragmentar el país: Trípoli y el oeste para Gadafi, y el este para los rebeldes. ¿Por qué pienso así? Pues porque un ataque exclusivamente aéreo, desde gran altura, disparando con misiles y sin arriesgar lo más mínimo la vida de los pilotos, tiene una eficacia limitada. Que sí, que en la pelis son la hostia de precisos, pero en la práctica igual le atinan a una batería antiaérea como que le dan al hospital infantil de al lado. Además, la naturaleza de estos ataques sólo permite destruir piezas fijas. El problema, pues, sigue estando en la ausencia de una infantería eficaz entre los rebeldes, de modo que puedan hacer algo ante un ejército profesional forjado en las guerras de Chad y Sudán. Mandar tropas está descartado. Luego nos quedaría un escenario con un ejército profesional sin aviación de apoyo (el de Gadafi) contra una guerrilla ocasionalmente alzada -de cuyo número final no sabemos nada- sin apoyo aéreo de cara a sus operaciones pero con él de cara a su protección. Kafkiano, lo sé.

El resultado es un empate virtual, la división del país en dos zonas. Así, aunque Gadafi prefiera venderle el petróleo a China o Rusia, la “zona libre” -perdón, es que voy adoptando la retórica por venir- nos venderá el petróleo a Europa meridional.

Yo creo que por ahí van los tiros, por la partición de Libia. Adolece del problema futuro que puede suponer establecer un área de influencia ruso-china en el sur del Mediterráneo, pero parece una solución razonable para los intereses de todos. Al menos a corto plazo, mientras todos nos recomponemos de tanto cambio convergiendo en este primer tercio de siglo.


Día de perros

Parece mentira que, en la sofisticada civilización urbana del siglo XXI, tengamos que buscar una excusa para poder salir a la calle a pasear. Al menos, así es como yo lo siento en tardes lluviosas como la de hoy, en las que uno se encuentra tan solo como fuera de lugar sin un perro que explique qué pinta ahí, bajo el paraguas, escuchando el repiquetear continuo de las gotitas que se estrellan en la tela.

Camino por las callejuelas estrechas que median entre la rambla de Brasil y el parque de la España Industrial olfateando la lluvia, fina y constante, sin prisas, escuchando el chapoteo ligero de mis pasos en las planas balsas de agua que se acumulan entre las deformidades del pavimento. Solo. Apenas se encuentra un alma fuera de las calles comerciales, ¿quién camina solo bajo la lluvia? Rodeo el parque, paseando la mirada en el cauce alargado del estanque, vacío hace tres días y hoy con el lecho cubierto de agua clara, limpia, recién ordeñada de la teta del cielo. Encuentro la cancela y la cruzo, adentrándome en su interior. Nadie.

Unas risas. Un perro. Mi mirada persigue al can, que porta una rama seca en la boca, hasta llegar a un bulto de plástico, a unas risas, a una mano que retira la rama y con voz alegre murmura algo, ríe, vuelve a lanzarla.

Paseo bajo los árboles. Observo la hierba encharcada, pienso en que no picaron bien antes de sembrar, no hay buen drenaje, sólo llueve desde la noche. Subo las escaleras que cortan el anfiteatro de gradas. Me giro y paseo la vista por el parque empapado y desnudo, el perro, las risas. Nadie más queda dentro, no tendría sentido.

Arriba, una pandilla de adolescentes se refugia bajo el dragón de metal. Hacinados, expectantes, inmóviles, diez o doce muchachos comparten la frugal protección de la estatua helada. Con gesto extrañado miran en dirección a mi paraguas, buscando quizás, alrededor, a mi perro.


Mundo Infecto 2

La mayoría de los vecinos están conformes con que el mesón El Jabalí era el negocio más antiguo de la localidad. Tan antiguo, quizás, como la vieja ermita del cerro. Sin embargo, no son pocos los que aseguran que la tetería de la Tía Maite ha estado en el pueblo desde que recuerdan.

El botillo berciano, especialidad de la casa célebre en toda la comarca, había hecho merecedor a don Rodrigo Prada de Cela, cocinero y propietario del Jabalí, de alguna que otra mención en guías de carretera durante las últimas décadas del siglo XX, para mayor gloria y renombre del pueblo y los productos de su tierra. Sin embargo, durante la segunda década del XXI, con sus prohibiciones y recomendaciones forzosas, la publicidad de cárnicos embutidos se había visto restringida en los medios y, a partir de 2025, año en que se firmó el Instrumento de Ratificación del Convenio Marco de la OMS para el control del colesterol, su consumo había quedado restringido a unos pocos establecimientos autorizados.

Fue en aquellos años diez de primeros de siglo cuando doña María Teresa Fernández Piedrafita, sexta en la línea generacional de Maites gestadas desde la tetera original, realizó su expansión comercial. A raíz de juntarse unas herencias con los duros años de la crisis, se hizo la entonces recién casada María Teresa con otros locales en los pueblos colindantes, desde los que lanzar su línea de productos naturales y libres de grasas. Las sucesivas recomendaciones de la OMS para el abandono del bocadillo de chorizo o butifarra en la alimentación infantil resultaron ser el más fértil abono que el floreciente negocio de repostería podía recibir y, alentados por la televisión,  los suplementos dominicales y las revistas de salud, los rapaces maragatos de padres más concienciados fueron, poco a poco, introduciéndose en los sanos desayunos de café, infusión y zumo, en los almuerzos de manzana envasada en celofán y en las comidas de sándwich vegetal.

Pero aquello había ido demasiado lejos. Don Rodrigo dio un sonoro golpe en la mesa.

- ¿Prohibir mi botillo? ¿Se han vuelto locos?

- Sólo en el interior del mesón. No es prohibirlo, es impedir que el resto de clientes tengan que respirar el olor a grasa.

- Grasa? ¿Te atreves a referirte a nuestra especialidad como “grasa”? –Don Rodrigo alzo sus corpulentos casi dos metros de altura hasta las cejas en indignado ademán.- ¿Grasa? –repitió gesticulando.

 La concejala de salud tragó saliva.

 - Es grasa. Grasas saturadas. Colesterol. Admítelo, Rodrigo, no eres objetivo. Tú estás enganchado al botillo, a los chorizos de jabalí, a las longanizas ibéricas, al jamón…

- ¿El jamón también? ¿Qué le queréis hacer al jamón?

- Mírate, Rodrigo. Tu índice de masa corporal es de 150. Morirás de un infarto, o ahogado por tu propio peso en la cama. ¿De verdad es eso lo que quieres para tus hijos? 

Efectivamente, el orondo mesonero no era capaz de correr dos horas cada mañana. Tampoco hacía doscientos largos cada tarde en la piscina municipal. Y desde luego, jamás se le había pasado por la cabeza comprarse un EBM (esthetic body machine) para dejar el consumo de carnes y concentrarse en la salud, como recomendaban todos los médicos. No era, por tanto, lo que se dice un ciudadano modélico. Claro está, él tampoco pretendía serlo. Sólo quería que su mesón fuera como el de su padre y antes el padre de éste, y así durante tantas generaciones como las que peregrinaron de romería hasta la vieja ermita del cerro. Con sus especialidades de la tierra, con su alegría por el buen yantar, con sus vinos.

Ahora, todo aquello se iba, irremisiblemente se quedaba atrás.

- ¿Y qué es lo que quieren mis hijos para mí? ¿Son mis hijos los que han de enseñarme a mí qué importa en la vida? ¿Me dirán, a estas alturas, qué es lo que le da sabor?

- Piensas así ahora porque estás enganchado. Pero no te preocupes, sabemos cómo ayudarte.

 Don Rodrigo sintió que los pelos de la nuca se le erizaban como escarpias.

- Tendrás un carné de adelgazamiento por puntos –continuó la sonriente joven- mediante el cual podrás ir concienciándote poco a poco. Te quitaremos un punto cada semana que no pierdas nada de peso, y dos, cuando lo ganes. Así, si agotas los doce puntos, pagarás tres mil euros de multa. Es un sistema fantástico, que ya ha dado unos excelentes resultados en Estados Unidos –la joven sonreía cada vez más, apasionada con sus propias palabras, sin ver el vacío desesperanzado en los ojos de don Rodrigo.

 

Aquella tarde, doña María Teresa Piedrafita Fernández, octava en la línea homónima, de simpática coincidencia con los apellidos ancestrales, no supo acertar a decirle nada al juez tras el levantamiento del cadáver: le habló del proyecto de mamoplastias para todas las adolescentes del concejo; elogió la bondad del fin de las grasas saturadas en todos los establecimientos hosteleros de la comarca; le propuso, además, un plan de rejuvenecimiento facial, cortesía de la concejalía de salud para con los funcionarios de la localidad. Pero nada, absolutamente nada supo explicarle acerca de cómo, cuándo, por qué, ante ella y la narración de bienes fluida y desbordante, continua y eterna que de sus labios brotaba, había don Rodrigo logrado envolver, lenta y meticulosamente, con rigurosa determinación y sin sombra de duda, el perímetro de su cabeza entre todas aquellas tiras de sintético, pegajoso, asfixiante celofán.

El botillo sumaba una nueva y desgraciada víctima a sus mortales estadísticas.

 

 


Estamos perdiendo la perspectiva

Estamos perdiendo la perspectiva, no recordamos el porqué de las cosas. Sólo así se explica la respuesta de Leire Pajín a la Federación Nacional de Hosteleros, reunida el viernes en Fitur. El Parlamento la ha aprobado, afirma la ínclita refiriéndose a la nueva ley antitabaco, como si ello supusiera conclusión lapidaria ante las demandas del pueblo del que emana toda la soberanía parlamentaria. Lo afirmó, fíjense, incluso antes de que los hosteleros se reunieran: “Que digan lo que tengan que decir y sus conclusiones”. No sólo piensa la ministra que el poder emana de la clase política, sino que, advierte a priori, no existe ni tan siquiera la necesidad de que el pueblo opine. Mejor dicho, pueden opinar, pero sabiendo que no importa lo que digan.

 Todos aquellos que mandan desarrollan cierta tendencia a la convicción de infalibilidad. Es una consecuencia de una posición privilegiada de  la mirada pero, sin embargo, ser únicamente dos, los ojos encargados de mirar. En este sentido se equivocan los padres, los mandos de empresa, nos equivocamos los profesores, se equivocan los obispos, los generales, y se equivocan los líderes políticos. Quien tiene boca se equivoca, dicen en mi pueblo, y quien más puede hablar es quien más peligro de equivocarse tiene.

 Es por eso que, en nuestra historia reciente, hemos establecido unos sistemas institucionales de control que eviten los excesos y desperfectos que, esta enfermedad laboral que aqueja a la profesión mandataria y gestora, ha ocasionado en el pasado. Así, en el caso de España, tras experimentar diversas fórmulas llegamos hasta la actual: un Parlamento que representa la voluntad del pueblo, y un rey que se encarga de las relaciones públicas siguiendo las directrices del Parlamento. Si el Parlamento deja de funcionar por la razón que sea, el rey asume todas las funciones, para de ese modo poner en marcha un nuevo Parlamento, ya sea por convicción moral o por instinto práctico, puesto que sólo en ese marco tiene sentido la existencia del rey.

 Si olvidamos los porqués, como le ha ocurrido a Leire Pajín, podríamos llegar a pensar que todo es un juego que se trae el rey con los diputados para repartirse parcelas de poder, y dirigir a España por la luminosa senda que descubren sus privilegiadas mentes. Estaríamos olvidando entonces al tercer poder en liza, el poder soberano del pueblo, de la unión de los españoles.

 El rey no es un garante de vida para el Parlamento, porque no es del Parlamento de donde emana el poder soberano. El rey es un garante de la soberanía del pueblo, ante las usurpaciones, pero también ante las alienaciones y desnaturalizaciones, que puede sufrir cualquier asamblea de personas.

 Por eso, cuando la ministra Pajín se dirige a los hosteleros sentenciando que “el Parlamento ha debatido ampliamente la Ley antitabaco y se ha aprobado”, hay que recordarle a la ministra que no es de otro sino del pueblo de donde emana todo el poder que legitima la actividad del Parlamento. Si el Parlamento ha debatido y legislado, y el pueblo no está de acuerdo, el Parlamento deberá asumir que se ha equivocado y rectificar.

 Ahora bien, es grave que una mujer como Leire Pajín, con una experiencia biográfica puramente política, piense y opere bajo unas premisas mentales en las que “porque lo digo yo” sea un argumento válido y convincente. Muy grave.

 


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