La mayoría de los vecinos están conformes con que el mesón El Jabalí era el negocio más antiguo de la localidad. Tan antiguo, quizás, como la vieja ermita del cerro. Sin embargo, no son pocos los que aseguran que la tetería de la Tía Maite ha estado en el pueblo desde que recuerdan.
El botillo berciano, especialidad de la casa célebre en toda la comarca, había hecho merecedor a don Rodrigo Prada de Cela, cocinero y propietario del Jabalí, de alguna que otra mención en guías de carretera durante las últimas décadas del siglo XX, para mayor gloria y renombre del pueblo y los productos de su tierra. Sin embargo, durante la segunda década del XXI, con sus prohibiciones y recomendaciones forzosas, la publicidad de cárnicos embutidos se había visto restringida en los medios y, a partir de 2025, año en que se firmó el Instrumento de Ratificación del Convenio Marco de la OMS para el control del colesterol, su consumo había quedado restringido a unos pocos establecimientos autorizados.
Fue en aquellos años diez de primeros de siglo cuando doña María Teresa Fernández Piedrafita, sexta en la línea generacional de Maites gestadas desde la tetera original, realizó su expansión comercial. A raíz de juntarse unas herencias con los duros años de la crisis, se hizo la entonces recién casada María Teresa con otros locales en los pueblos colindantes, desde los que lanzar su línea de productos naturales y libres de grasas. Las sucesivas recomendaciones de la OMS para el abandono del bocadillo de chorizo o butifarra en la alimentación infantil resultaron ser el más fértil abono que el floreciente negocio de repostería podía recibir y, alentados por la televisión, los suplementos dominicales y las revistas de salud, los rapaces maragatos de padres más concienciados fueron, poco a poco, introduciéndose en los sanos desayunos de café, infusión y zumo, en los almuerzos de manzana envasada en celofán y en las comidas de sándwich vegetal.
Pero aquello había ido demasiado lejos. Don Rodrigo dio un sonoro golpe en la mesa.
- ¿Prohibir mi botillo? ¿Se han vuelto locos?
- Sólo en el interior del mesón. No es prohibirlo, es impedir que el resto de clientes tengan que respirar el olor a grasa.
- Grasa? ¿Te atreves a referirte a nuestra especialidad como “grasa”? –Don Rodrigo alzo sus corpulentos casi dos metros de altura hasta las cejas en indignado ademán.- ¿Grasa? –repitió gesticulando.
La concejala de salud tragó saliva.
- Es grasa. Grasas saturadas. Colesterol. Admítelo, Rodrigo, no eres objetivo. Tú estás enganchado al botillo, a los chorizos de jabalí, a las longanizas ibéricas, al jamón…
- ¿El jamón también? ¿Qué le queréis hacer al jamón?
- Mírate, Rodrigo. Tu índice de masa corporal es de 150. Morirás de un infarto, o ahogado por tu propio peso en la cama. ¿De verdad es eso lo que quieres para tus hijos?
Efectivamente, el orondo mesonero no era capaz de correr dos horas cada mañana. Tampoco hacía doscientos largos cada tarde en la piscina municipal. Y desde luego, jamás se le había pasado por la cabeza comprarse un EBM (esthetic body machine) para dejar el consumo de carnes y concentrarse en la salud, como recomendaban todos los médicos. No era, por tanto, lo que se dice un ciudadano modélico. Claro está, él tampoco pretendía serlo. Sólo quería que su mesón fuera como el de su padre y antes el padre de éste, y así durante tantas generaciones como las que peregrinaron de romería hasta la vieja ermita del cerro. Con sus especialidades de la tierra, con su alegría por el buen yantar, con sus vinos.
Ahora, todo aquello se iba, irremisiblemente se quedaba atrás.
- ¿Y qué es lo que quieren mis hijos para mí? ¿Son mis hijos los que han de enseñarme a mí qué importa en la vida? ¿Me dirán, a estas alturas, qué es lo que le da sabor?
- Piensas así ahora porque estás enganchado. Pero no te preocupes, sabemos cómo ayudarte.
Don Rodrigo sintió que los pelos de la nuca se le erizaban como escarpias.
- Tendrás un carné de adelgazamiento por puntos –continuó la sonriente joven- mediante el cual podrás ir concienciándote poco a poco. Te quitaremos un punto cada semana que no pierdas nada de peso, y dos, cuando lo ganes. Así, si agotas los doce puntos, pagarás tres mil euros de multa. Es un sistema fantástico, que ya ha dado unos excelentes resultados en Estados Unidos –la joven sonreía cada vez más, apasionada con sus propias palabras, sin ver el vacío desesperanzado en los ojos de don Rodrigo.
Aquella tarde, doña María Teresa Piedrafita Fernández, octava en la línea homónima, de simpática coincidencia con los apellidos ancestrales, no supo acertar a decirle nada al juez tras el levantamiento del cadáver: le habló del proyecto de mamoplastias para todas las adolescentes del concejo; elogió la bondad del fin de las grasas saturadas en todos los establecimientos hosteleros de la comarca; le propuso, además, un plan de rejuvenecimiento facial, cortesía de la concejalía de salud para con los funcionarios de la localidad. Pero nada, absolutamente nada supo explicarle acerca de cómo, cuándo, por qué, ante ella y la narración de bienes fluida y desbordante, continua y eterna que de sus labios brotaba, había don Rodrigo logrado envolver, lenta y meticulosamente, con rigurosa determinación y sin sombra de duda, el perímetro de su cabeza entre todas aquellas tiras de sintético, pegajoso, asfixiante celofán.
El botillo sumaba una nueva y desgraciada víctima a sus mortales estadísticas.
